Se siente extraño saber qué voy a dejar el lugar donde pasé la mayoría de mi tiempo hasta ahora, donde conocí a algunas de las personas más maravillosas y que en este momento son parte esencial de mi vida, caer en cuenta que ya no voy a hacer versos todas las mañanas o que mis cuadernos ya van a ser como los de las demás personas. Siempre vi este día lejano y en un parpadeo estoy terminando mi último año escolar y estoy intentando definir qué quiero hacer el resto de mi vida.
Mi primer día en el colegio fue en preescolar con la maestra Gloria, en la entrada conocí a quienes siguen siendo mis amigas en este momento; recuerdo que todo el salón estaba oscuro y yo estaba extremadamente nerviosa, entramos y empezó la gran experiencia que ha ayudado a formar la persona que soy hoy. Me encantaban los juegos, los cuentos con enanitos y hadas a los que las maestras daban vida con sus voces; amé que el primer día en primero, nuestro tutor Guillermo decoró la puerta del salón como la puerta de un carruaje y él se vistió de cochero ya que estábamos por entrar al “País de la belleza sin igual”, en este grado conocí a mi actual mejor amiga, a personas que formaron mi carácter sin querer y otras que lamentablemente ya no recuerdo.
Después de entrar en el país de la belleza sin igual, llené mi mundo de juegos nuevos en los árboles, caminatas en la Triana, cuevas con princesas y guerreros, creé de “cositas mini” todo un mundo hecho de hojitas de árboles y piedras, bailes nuevos y una escuela de cómo hacer el arco; me descubría a mí misma aprendiendo a coser con cuentos de palomas y niños, tocando diferentes instrumentos sin dificultad, aprendiendo versos y diálogos de obras de teatro que me ayudaron con mi memoria y timidez.
Pasar a bachillerato fue cambiar ese mundo por otro muy diferente, pero igual de bueno y lleno de aprendizajes, ya no habían tantos cuentos ni juegos, y me empezaba a dar cuenta que no estaba tan pequeña, las salidas pedagógicas empezaron a cambiar, ya no eran como en segundo de primaria a museo el castillo o a Santa Elena, en quinto a Rio Claro a conocer los guacharos o en sexto a Bogotá a ver el museo del oro y la laguna de guata vita; ya salíamos a la Guajira a hacer labor social y a concientizarnos de la realidad de otras personas pero, claro está, lo que vivíamos era exactamente lo que necesitábamos en ese momento, ya fuera cantar alrededor de una fogata o ver la noche más hermosa llena de estrellas fugaces escuchando el mar. Siempre pensaba que ya estaba más cerca pero que faltaban “muchos años” para salir del colegio, pero nunca me dijeron que los años pasan cada vez más rápido, que no se siente el paso del tiempo y que cuando menos piensas estás viendo carrearas y universidades, pensando si eso es lo que quieres hacer o no.
En este momento en el que me siento un poco perdida, pienso que no tengo como agradécele a mis padres por elegir este lugar para mí formación y, al colegio por haber hecho de estos años una experiencia extraordinaria. En mi memoria y corazón van a estar por siempre los bonitos recuerdos de mis años aquí, las amistades tan hermosas que he cultivado, las grandes vivencias que tuve.
Infinitas gracias.