Conmemoración del 38° aniversario del Colegio Waldorf Isolda Echavarría

“Germinan las plantas de lo profundo de la tierra.
Brotan las hierbas por el poder del aire.
Maduran los frutos con la fuerza del sol
Así germina el alma en el fondo del corazón.
Así brota el poder del espíritu a la luz del mundo.
Así madura la fuerza del hombre al resplandor divino
”.

Rudolf Steiner

El 18 de agosto, llenos de alegría, celebramos el cumpleaños del Colegio Waldorf Isolda Echavarría y el natalicio de doña Benedikta Zur Nieden, doña Dita.

Durante esta jornada tan especial, escuchamos las conmovedoras palabras de la maestra fundadora, Ana Isabel Duque. Posteriormente, los estudiantes de noveno grado compartieron con nosotros detalles biográficos acerca de la vida de doña Dita. Después, los maestros Diego Acevedo y Jorge Eliecer Álvarez nos deleitaron con sus interpretaciones de «Cantilene» de Lois Cahuzac y «Pagina D’Álbum» del compositor italiano Michel Mangani.

Para culminar este evento de manera magistral, la Banda Sinfónica del municipio de Copacabana, bajo la batuta de Julián Santiago Toro, nos brindó un concierto inolvidable. La celebración se extendió por cada rincón de las instalaciones del Colegio, donde compartimos una deliciosa torta y participamos en actividades relacionadas con la vida de doña Dita.

Ahora, apreciado lector, te extendemos una cordial invitación a adentrarte en nuestra historia como Colegio. Una historia que refleja el amor, la persistencia y la valentía no solo de doña Dita, sino también de los maestros y padres que creyeron firmemente en esta pedagogía.

Colegio Waldorf Isolda Echavarría, historia

La señora Sophie Benedikta Zur Nieden de Echavarría, conocida cariñosamente como Doña Dita, llegó a nuestro país desde Herscheid, Alemania, por primera vez en 1934, como la esposa del industrial y filántropo antioqueño Diego Echavarría Misas.

Para 1984, año en el que se iniciaron las reuniones que gestarían el Colegio Isolda Echavarría, Doña Dita ya se había adaptado a las costumbres paisas y olvidado un poco las raíces europeas. Seguramente, esto se debió a la influencia de su esposo Diego Echavarría, con quien tiempo atrás había comenzado una labor social benéfica en la ciudad de Medellín y los municipios aledaños. De esta unión nació su única hija llamada Isolda, quien falleció a los 19 años en 1967 a causa de una extraña enfermedad.

Doña Benedikta, mujer de carácter invencible, afrontó la pérdida de su hija con la misma entereza con la que vivió. Tan solo cuatro años después, en 1984, falleció su esposo, dejándola sola pero aún con la fuerza para continuar el sueño que alguna vez imaginó al morir su hija: fundar un colegio que llevara su nombre. Este colegio sería un homenaje a su recuerdo de bondad, belleza e inteligencia.

Fue por eso que el 21 de mayo de 1984, invitó a su casa en el barrio El Poblado a algunas personas allegadas, entre ellas diferentes maestras y madres de familia. La propuesta pedagógica para este nuevo colegio se plantearía bajo los parámetros filosóficos de la pedagogía Waldorf, la cual fue propuesta por el filósofo y educador croata Rudolf Steiner.

No era muy común por esos días escuchar acerca de la pedagogía Waldorf en la ciudad. Sin embargo, ya existía un grupo de maestros que un año antes (1983) habían asistido a un programa de capacitación Waldorf en el CEIPA, con el maestro alemán Raul Vercauteren. Este mismo grupo se reunió con Doña Benedikta en su casa en el mes de mayo, entre ellas las hermanas Ana Isabel y Laura Victoria Duque Hernández. El interés de estas personas por sacar adelante esta iniciativa y seguir profundizando en la pedagogía era tan grande que accedieron a participar en el proyecto y decidieron comenzar aportando cada uno $200 pesos para crear un fondo destinado a los materiales de estudio.

 

Poco a poco, el grupo fue creciendo y atrayendo a otras personas interesadas en esta nueva metodología y comprometidas con este proyecto. Estas personas continuaron asistiendo semanalmente a las reuniones en la casa de Doña Dita, donde estudiaban la pedagogía Waldorf y profundizaban en algunos libros de Rudolf Steiner, literatura colombiana y temas relacionados con juegos y rondas de nuestro país.

Fue en estas reuniones donde comenzó el nacimiento del Colegio. Además del grupo inicial, se unieron siete madres de familia que se habían inscrito posteriormente, interesadas en conocer los fundamentos de la Pedagogía Waldorf. Muchas de ellas continuaron en el Colegio hasta ver a sus hijos finalizar su etapa escolar.

Conquistando el espacio físico

El 4 de septiembre de ese mismo año, se conformó la Junta Fundadora del Colegio en la casa de la señora Benedikta Zur Nieden y se acordó darle el nombre de Isolda Echavarría, en memoria de la única hija del matrimonio Echavarría Zur Nieden.

Comenzó entonces a llevarse a cabo todo lo correspondiente para hacer realidad este sueño. Se abrieron las inscripciones y se ofrecieron charlas semanales sobre la pedagogía a las nuevas personas interesadas. Igualmente, se inició una campaña de promoción de la pedagogía Waldorf y el Colegio en los medios de comunicación de Medellín, así como conversatorios en lugares culturales como la Cámara de Comercio, salones parroquiales y entidades como Comfenalco y Comfama.

En septiembre de ese mismo año, se publicaron artículos en El Colombiano y el Periódico El Mundo, los cuales contribuyeron a dar a conocer la pedagogía Waldorf en la ciudad. Con asombro, estos artículos fueron recibidos con interés y un poco de escepticismo al mismo tiempo, logrando lentamente que muchos padres de familia se dieran cuenta de que era indispensable un nuevo enfoque educativo en la ciudad.

En diciembre de ese mismo año, se comenzó a buscar una casa amplia adecuada para el colegio. Al principio, se consideró El Poblado, pero al analizar el número de niños inscritos y sus lugares de procedencia, se dieron cuenta de que la mayoría provenía del Barrio Laureles y sus alrededores. Por lo tanto, decidieron que el colegio funcionara en un sector de la ciudad donde encontraron una propiedad para alquilar frente a la Universidad Pontificia Bolivariana.

El inicio del año 1985 marcó la organización y dotación del nuevo espacio. El 4 de febrero fue el día esperado en que el Colegio abrió sus puertas. Los niños llegaron con gran expectativa, algunos muy contentos y otros llorando mientras se aferraban a sus madres, reacios a entrar al salón de clases. A los pocos días, se matricularon más niños y así fue como el Colegio Waldorf Isolda Echavarría comenzó su camino con 35 alumnos.

Ser pioneros en el desarrollo de esta pedagogía en la ciudad no fue fácil, como recuerda Laura Duque Hernández, una de las maestras fundadoras: “Lo más difícil de empezar fue la desconfianza que tenían los padres ante lo que estábamos proponiendo…”, sin embargo, cada vez más padres de familia dejaron atrás sus dudas y vieron en el nuevo Colegio una opción acertada de educación.

Con el tiempo, la primera sede ubicada frente a la Universidad Pontificia Bolivariana se volvió pequeña para todos los niños y maestros que asistían en ese entonces. Dos años después de haber comenzado este sueño, se vio la necesidad de trasladarse a un nuevo espacio, y entonces se encontró una casa en el barrio La Pilarica. El 9 de febrero se reanudaron las actividades escolares, esta vez con 78 niños en dos grupos de preescolar, uno de primero, uno de segundo y uno de tercero de primaria.

Esta nueva casa, de dos niveles, amplia, con cinco aulas, terraza, garaje y mucha luz, además de zonas verdes para juegos tanto para el preescolar como para la primaria, resultó ser un lugar excelente para ellos. Fueron instalados de manera cómoda y este hecho fue muy bien recibido por maestros, padres y estudiantes.

En 1987, con el impulso de la Fundación Ayuda, el Colegio se constituyó como Corporación Isolda Echavarría.

El 18 de noviembre de 1988 culminó el período escolar con 93 niños y muchas solicitudes para el siguiente año. El acto de clausura se realizó en el Museo El Castillo, donde se presentó la Pastorela en la que los niños interpretaron piezas musicales y villancicos con sus flautas. Poco a poco, empezaron a verse los frutos de una educación diferente en la ciudad, una metodología centrada en el desarrollo integral.

Al año siguiente, el 18 de agosto, en honor y gratitud a su incansable fundadora, el Colegio declaró el día de su cumpleaños como un día clásico.

Con miras hacia el sur, la estrella brilló

El Colegio seguía creciendo. Habían pasado cuatro años desde su inauguración en el barrio Laureles, y era necesario cambiar de sede nuevamente.

Mientras los alumnos asistían a sus clases habituales en La Pilarica, al otro lado de la ciudad, en el Municipio de La Estrella, se comenzaron a adecuar los terrenos de la Finca Guadalajara, que se convertiría en la sede definitiva del Colegio Waldorf Isolda Echavarría.

En este terreno adquirido por Doña Benedikta, el 5 de febrero de 1991 se iniciaron las labores de remodelación, con el apoyo de algunos padres de familia que eran arquitectos e ingenieros. Poco a poco, se fueron adecuando primero los salones designados para los cuatro grupos de Preescolar y el patio-salón interno, que servía como sala de reuniones para los padres de familia. Luego, en septiembre, comenzó la construcción de cinco aulas correspondientes a la primaria. Con la colaboración de la Fundación Ayuda y personas altruistas, los padres de familia, conscientes de la necesidad del colegio, contribuyeron con diferentes aportes.

La nueva sede en La Estrella se inauguró el 17 de agosto de 1991 con una hermosa celebración religiosa, contando con la presencia de autoridades civiles y eclesiásticas del municipio, así como maestros y padres de familia.

En el año siguiente, el Colegio comenzó sus labores académicas en su nueva sede propia, ofreciendo a los estudiantes un entorno completamente campestre. Fue un arduo proceso de trabajo, liderado por hombres fuertes y aguerridos, que lograron una obra espléndida.

Finalizando el primer septenio

Próximo a cumplir siete años, el Colegio Waldorf Isolda Echavarría entregó la sede del bachillerato en la Finca Guadalajara. La apertura de cada grado implicó presentar previamente a la Secretaría de Educación un proyecto de creación y luego recibir su evaluación y aprobación. En los últimos años, la Comisión de la Secretaría de Educación ha evaluado el trabajo y desarrollo institucional como «excelente», otorgándole así el máximo reconocimiento oficial.

Durante este primer septenio, el Colegio recibió ilustres visitantes como Anne Marie Zur Nieden, hermana de Doña Dita, quien llegó desde Alemania para impartir un curso de muñequería Waldorf a madres y maestros. También nos acompañaron otros maestros alemanes, Raul Vercauteren y su esposa Hilda Vercauteren, quienes visitaban colegios Waldorf en Suramérica y brindaron charlas e indicaciones prácticas sobre pedagogía Waldorf. Además, el señor Helmunt Von Loebel se reunió con maestros y padres de familia para profundizar en el estudio antroposófico, y la maestra alemana Weeth, especializada en artes, compartió sus experiencias y conocimientos con los maestros del Colegio.

Estas visitas resultaron en charlas fructíferas y jornadas de trabajo que enriquecieron aún más la labor de los maestros. Al finalizar el primer septenio, ya se habían vinculado a la institución maestras como Liliana Espinosa, Ana Cecilia Restrepo, Ángela Pineda, Ana Mercedes Barragán, Annette Weldert L., Olga Lucía Rincón, Aída Villa y el maestro Camilo Pérez, algunos de los cuales aún forman parte del cuerpo docente.

En marzo de 1991, Doña Dita, después de donar toda su fortuna a entidades educativas y culturales de Medellín y Antioquia, regresó a su tierra natal, Alemania, a petición de su hermana Anne Marie, quien deseaba tenerla a su lado para pasar sus últimos años juntas. Así se despidió del Colegio Waldorf Isolda Echavarría, confiando en que este proyecto quedaría en manos de los maestros y de su amiga cercana Nora Salazar, quien se aseguraría de que la institución continuara su camino.

En 1992, el Colegio recibió la licencia de aprobación para el Grado Séptimo y, ese mismo año, como regalo, los niños de tercero construyeron una casita de juegos para los más pequeños del preescolar. También se adquirió la finca La Triana, propiedad vecina del Colegio, para iniciar allí la construcción del segundo bloque del bachillerato y otros proyectos como laboratorios y la biblioteca, que beneficiarían a la comunidad Isoldiana.

Cada detalle de la planeación y organización llenaba de satisfacción a Doña Dita y a todas las maestras y padres involucrados, detalles necesarios para llevar al Colegio al nivel donde se encontraba. Estos siete años de vida fueron el resultado de ejecución y retroalimentación de procesos en los que maestros, estudiantes, personal administrativo, juntas de padres y personal operativo aportaron su voluntad, ideas y trabajo.

Así culminó el primer septenio del Colegio, pero aún quedaba un camino más largo por recorrer, aquel que Doña Dita imaginó desde su casa el 21 de mayo de 1984 para rendir homenaje a su hija Isolda. El reto estaba ahora en fortalecer los fundamentos pedagógicos como escuela Waldorf, reconocer la naturaleza individual de cada niño y proporcionarles un ambiente adecuado para crecer, aprender y madurar como seres sociales y libres. Esto implicaba facilitar y fomentar aptitudes intelectuales, artísticas y manuales, así como impulsar el desarrollo del juicio, un sentimiento sano y la afirmación de la voluntad en cada uno.