La estudiante Sofía Lopera Salas, de grado undécimo del Colegio Waldorf Isolda Echevarría, presenta “El caso perfecto… o no”, un cuento de suspenso judicial escrito e ilustrado por ella. En esta historia, una sala de tribunal, un antiguo caso y una verdad oculta conducen al lector hacia un inesperado giro final. 

El caso perfecto… o no

Por Sofía Lopera

Nunca pensé volver a sentarme frente a un estrado, menos aún, como jurado. El edificio del tribunal olía a café frío, desinfectante barato y ansiedad. Eran las ocho y cuarenta y dos de la mañana del martes cuando llamaron a mi número: el nueve. Me entregaron una carpeta y una taza de plástico con letras borradas.

—Tomás Morales —dije al presentarme.

La mujer detrás del escritorio me sonrió sin prestarme atención, solo hizo un tic en su hoja y señaló con la cabeza hacia una gruesa puerta de madera.

En el salón había otras once personas sentadas en semicírculo. Nadie se conocía. Algunos hojeaban papeles, otros revisaban sus celulares como si quisieran estar en cualquier parte menos allí. Me senté sin decir palabra, observando. Un juez entró, luego los abogados, después, el acusado: un hombre joven, rostro pálido, ojos hundidos: el exnovio.

—El caso de la señorita Valeria Castaño —dijo el juez. Hubo un murmullo sutil. Nadie mencionó que ella era periodista. Nadie dijo cuántas puñaladas recibió. Ni cuántos artículos había publicado antes de morir. Pero yo sabía todo eso.

Me ajusté la chaqueta, tomé un bolígrafo y asentí cuando me pidieron jurar imparcialidad. Nadie reparó en mi nombre, nadie preguntó por mi pasado. Aparentemente, nadie reconocía al ex policía que había salido por la puerta trasera de ese mismo tribunal, hacía ya tantos años.

Y así fue como no volví ni a declarar ni a defenderme, sino a observar de cerca cómo la justicia se equivocaba una vez más.

Tiempo atrás, Ríos me había jugado una mala pasada, dejándome como un policía corrupto delante de mi propio comandante. Había sembrado rumores de que yo era un ayudante de la mafia local y luego, me hizo aparecer en una bodega llena de kilos de coca, como si yo estuviera allí vigilándola para enviar el alcaloide a otros países. Yo había acudido a una supuesta llamada de auxilio.

Valeria, la víctima del asesinato por el cual me habían llamado como testigo, era una de esas reporteras de periódico amarillista que solo quería escándalos y exageraciones. A pesar de saber que yo era inocente, se confabuló con Ríos y mostró supuestos documentos bancarios en los que yo recibía mucho dinero, a cambio de mi silencio y mi complicidad ¡Qué gran mentira!

Hasta ese momento, yo había sido un hombre decente y nunca había recibido sobornos de ningún capo. Ese fue un invento de estos dos personajes nefastos.

Pensando en esto, escuché a lo lejos la voz del juez:

—La señorita Valeria Castaño fue hallada muerta en su apartamento, ubicado al norte de la ciudad. El acusado, su ex novio, Joaquín González, tiene antecedentes de violencia contra las mujeres, bebe mucho y es muy inestable emocionalmente. En otras palabras, Valeria debía aguantar en silencio sus múltiples romances con cuanta mujer se le atraviese por los ojos.

Al escuchar estas palabras del juez, me ajusté la chaqueta intentando parecer atento, pero la verdad estaba algo distraído. Por otro lado, el fiscal, un hombre calvo, de unos cincuenta años de edad, se levantó y comenzó a decir:

—La noche del 10 de marzo de 2025, Valeria Castaño recibió siete puñaladas, mientras descansaba en su apartamento. El sospechoso tenía una relación con ella desde hacía cuatro años, en los cuales le había hecho la vida un imposible. Nadie entendía ¡por qué rayos seguía con ese hombre!

Alguien del público alzó la voz y dijo:

—Señores, en el informe aparece que Valeria solo recibió cinco puñaladas y no siete, como lo indicó muy mal el señor fiscal, me parece injusto…  

El juez miró al fiscal, luego al público, preguntando en voz alta:

—¿Quién dijo eso? ¿Puede decirme su nombre y su relación con el caso, por favor?

Hubo un momento de silencio, antes de que una voz femenina respondiera:

—Soy Andrea Gutiérrez y no tengo relación con el caso, solo leí sobre él en las noticias.

El juez anotó algo en su libreta y luego la miró.

Volví a ajustarme la chaqueta. Mi corazón latía furiosamente, quería mantenerme en calma, pero casi no podía hacerlo. “Esta mujer está demasiado cerca de la verdad. Tengo que pensar en algo”. El juez continuó con el resumen del caso diciendo:

—Gracias por sus aportes, señorita, pero aquí nos basamos en pistas sólidas, no en lo que dice el periódico. Fiscal, por favor, continúe con su declaración.

De repente, el juez golpeó la mesa con su martillo, haciendo volver a la vida a la gente que se encontraba adormecida, hasta que me di cuenta de que Andrea Gutiérrez escribió algo en su blog de notas y me lo lanzó. En el papel decía: “¿Usted tiene relación con este caso?”, después de leer, asentí discretamente y le escribí como respuesta en el mismo papel: “Conocía a la víctima”, pero no mencioné ni de dónde ni cómo la conocía para no despertar sospechas sobre mí y se lo devolví. Ella lo recibió, lo leyó, asintió y me miró con curiosidad. Luego se sentó de nuevo en su puesto y todo volvió a ese letargo en el que estaba anteriormente.

El fiscal anunció la subida al estrado de su primer testigo: era el coronel Ríos.

El coronel Ríos subió al estrato con confianza. Su uniforme era impecable y estaba bien puesto, y sus medallas, relucientes.

Me clavé las uñas en la palma de la mano para no levantarme y golpearlo.

El fiscal comenzó su interrogatorio:

—Coronel Ríos, ¿conoce usted a la víctima, a Valeria Castaño?

Ríos asintió y dijo:

—Sí, era una periodista muy popular y muy activa, que publicaba muy seguido en sus redes sociales. También investigaba casos de corrupción.

El fiscal le preguntó algo más:

—Coronel, ¿cuál es su relación con el acusado Joaquín González?

Ríos contestó en tono tranquilo:

—Ninguna, pero si tengo una relación con otro hombre… un ex policía corrupto.

Mi corazón se detuvo al escuchar lo que dijo Ríos.

—¿Y tiene relación con este caso? ¿De ser así, puede nombrarlo? —preguntó el fiscal intrigado.

Ríos me miró directamente y sonrió diciendo:

—Tomás Morales, el testigo número 9.

El salón estalló en murmullos y gritos.                

—Señor Morales, póngase de pie para que lo podamos identificar —gritó el fiscal mirando hacia las sillas del jurado.

Me levanté de mi asiento, intentando mantener la calma. Los rumores fueron haciéndose más ruidosos.

—¡Orden! —gritó el juez, golpeando su martillo.

El fiscal se volvió hacia mí con una sonrisa triunfal en su rostro y me preguntó:

—Señor Morales, ¿tiene algo que ver con este caso?

Mi mirada se encontró con la de Ríos, llena de desafío. Luego me volví hacia el fiscal y dije:

—Conocía a Valeria Castaño. Era una periodista honesta… a diferencia de algunos policías que se encuentran aquí presentes.

La sala volvió a estallar en murmullos.

El juez gritó:

—¡Señor Morales!, si no tiene pruebas de sus afirmaciones, será mejor que se siente y guarde silencio —dijo el juez malhumorado, pero yo ya había dicho lo que había dicho y Ríos ya había oído lo suficiente. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mirada de sorpresa y miedo.

El abogado de la defensa, un hombre delgado con gafas redondas, se levantó de su silla con sorprendente rapidez.

—¡Señoría, objeción! —dijo con firmeza, y su voz quedó resonando en la sala— el testigo no está acusado en este caso, es mi cliente. El coronel Ríos solo está distrayendo nuestra atención.

El juez lo miró con la intención de silenciarlo, pero el abogado continuó:

—Además, señoría, presiento que el coronel Ríos tiene un conflicto de intereses. Debería ser cuestionado sobre sus propias acciones, y no desviar la atención del caso hacia uno de los testigos, pues el testigo no está siendo acusado de ningún crimen, mi cliente, sí y merece un juicio justo.

La sala estalló en murmullos y Ríos se puso rojo de ira.

—¡Eso es un insulto! —gritó— no puede haber un juicio justo con un jurado corrupto y Morales lo es.

—Tengo en mis manos una prueba de que usted, coronel, tenía motivos suficientes para deshacerse de la víctima, un artículo en el que lo relaciona con temas de corrupción y violencia, con las copias de los documentos originales que lo incrimina —dijo el abogado.

Ríos no pudo ocultar su rostro de temor y odio hacia el abogado defensor.

—La verdad duele, coronel, sobre todo, cuando por fin salen a la luz sus crímenes.

El juez miró a Ríos y luego a mí desconcertado.

—Creo que ha habido suficientes acusaciones y pruebas que hacen que este caso tome un giro diferente —dijo y luego se dirigió a mí, diciendo: Señor Morales, nada tiene usted que demostrar. La ley se encargará de Ríos, aunque, si quiere dejar su nombre limpio, puede contarnos lo que le sucedió.

Mirando directamente hacia Ríos y luego hacia el juez, dije:

—Fui incriminado falsamente por el coronel Ríos. Valeria Castaño descubrió la verdad… y entonces, él la mató para silenciarla.

La sonrisa de Ríos se desvaneció lentamente.

—Yo no la maté, señor juez, lo juro. Yo he cometido errores terribles, pero no maté a Valeria Castaño. Es una trampa, parte de una venganza —dijo el coronel con rostro de terror.

            Las pruebas de la defensa lograron la condena que yo tanto esperaba. Aunque parecía lo contrario, la justicia se había equivocado de nuevo, pero esta vez, yo había ganado.

Después de ver salir esposado a Ríos, mis ojos se clavaron en el vacío, como si viera algo que nadie más podía ver. El culpable era yo, pero no había nadie que creyera en ello. Comencé a salir de la banca de los jurados y mi mirada se encontró con la de Andrea Gutiérrez, quien me sonrió discretamente.

—La venganza es un plato que se sirve frío…y está servida —le dije y ella me miró complacida.

Creación del escrito: Año 2025

Sofía Lopera
Sofía Lopera@loperadarte221
Soy escritora desde hace tres años y escribo todos los días, especialmente historias y novelas policiacas. Me apasiona crear misterios, personajes y tramas interesantes. Empecé a escribir porque soy fan de Sherlock Holmes, quien me inspiró a querer convertirme en escritora. Además de escribir, también me gusta dibujar y cantar, porque el arte y la creatividad son una parte importante de mí.